martes, 8 de noviembre de 2011

Espiritualidad de las elecciones

 
Unas elecciones representan el reconocimiento y la actualización de una relación ética y moral entre electores y elegidos, cuyo fundamento es la dignidad inviolable de toda persona que los gobernantes se comprometen a salvaguardar y acrecentar usando la verdad y el derecho. Cuando la verdad y el derecho sustentan a la acción política surge la justicia y fructifica la paz. Así, dignidad inviolable de toda persona, verdad, derecho, justicia y paz son los valores que garantizan el bien común. Cuando alguno de ellos es violado o transgredido todo el sistema se derrumba y el gobierno pierde su legitimidad.
 
Espiritualidad de las eleccionesA esta relación moral podemos llamarla espiritualidad de las elecciones y de la acción política. No es una espiritualidad cristiana, que para nosotros es vida según el Espíritu, es laica, pero no podemos negar que es manifestación del Amor de Dios, pues todo lo que afirma la dignidad humana pertenece de suyo a la misericordia de Dios, aunque los actores no le reconozcan, y abre el camino al encuentro definitivo con Él.
 
En el editorial del nº 1528 de Noticias Obreras hablamos de la crisis institucional y moral que padecemos. Esta crisis provoca que estas elecciones generales se celebren en un contexto en el que todo se ha hundido. No hay dignidad humana inviolable, hay unidades de producción y consumo, muchas de ellas inutilizadas e inservibles por y para «los mercados». No hay verdad, la verdad que brota del reconocimiento de la dignidad humana y convierte en humanas las relaciones políticas y sociales, más bien impera la mentira y el engaño como norma política. No hay derecho, hay leyes injustas y decisiones arbitrarias. No hay justicia, hay millones de parados, empobrecidos y desahuciados por el dictado de «los mercados» y la complicidad de los gobiernos. Y no hay paz, como personas estamos permanentemente en riesgo; como sociedad, continuamente amenazados.

Si los partidos en sus campañas no empiezan por reconocer esta situación y su culpabilidad en ello, si no piden perdón como primer paso para restituir la verdad en sus relaciones con los ciudadanos, ¿cómo podemos creer que reconocen la dignidad de toda persona como el principio que fundamenta su acción política, que no mienten ni van a mentir si gobiernan, que van a proceder según el derecho, que sus promesas de justicia son cabales…? Y si no tenemos esta creencia, ¿cómo podemos votarles?

Puede que los partidos y los políticos actúen de espaldas a la dignidad de la persona, pero nosotros, ciudadanos, ¿actuamos en coherencia con esa dignidad?, ¿exigimos que se nos reconozca? Más bien pedimos cosas, queremos tener más. Así terminamos enfrentados contra unos partidos que, presionados por los mercados y por su ineptitud, no pueden dar más; contra una ciudadanía que está convencida de que ser es tener. El conflicto no es moral ni ético, es puramente comercial y cuantitativo, por eso tiene difícil salida.

El camino no es alejarse de la política, dejar de votar y de participar. Eso no conduce a nada. El camino es precisamente el contrario: tomar partido hasta mancharse. Partido por la dignidad humana; partido por la verdad y el derecho; partido por la justicia y la paz. Tomar partido así es vivir, cultivar, difundir y exigir estas virtudes ciudadanas y estos valores políticos. Tomar este partido es comprometerse a crear una nueva cultura en la que pueda fructificar el nuevo hombre, varón y mujer, pues «es propio de la persona humana el no acceder a su plena y verdadera humanidad sino a través de la cultura» (GS. 53). Y si esto es así, el papel y la responsabilidad que la Iglesia tenemos en esta tarea es fundamental. Juan Pablo II nos dijo que «Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida»*.

La política se ha pervertido y los gobiernos se han convertido en podaderas. Liberar a la política es el reto que nos aguarda.

* Carta de fundación del Consejo Pontificio de la Cultura. 20 de Mayo de 1982.

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